A emprender se aprende emprendiendo

Para hablar de este tema voy a contaros una historia, permitiéndome comparar el emprendimiento con un deporte que conozco muy de cerca y que he practicado a nivel de competición. Este deporte es el boxeo, y siempre visto desde el punto de vista de deporte olímpico.

Mi querido abuelo Eduardo me aficionó al boxeo desde muy niño. Recuerdo ver combates con él en la tele y jugar a ser boxeador haciendo un ring con sillas y cuerdas y usar unos guantes caseros que eran cojines atados a las manos. Me sentía boxeador porque jugaba a serlo y lo veía por la tele.

Años después, ya con 18, casualmente pasé por delante de un antiguo gimnasio de Alicante que rezaba en el letrero de su puerta “Club Boxeo Hernández“. Recuerdo que era por la mañana temprano, yo ya estaba trabajando y me dirigía a ver a un cliente por aquella zona. Al ver el cartel no pude resistirme, aparqué en doble fila, bajé del coche y toqué a la puerta.

Un señor anciano que se encontraba barriendo la entrada del gimnasio me abrió la puerta y me preguntó si buscaba a alguien. Le pregunté – ¿Esto es un gimnasio de boxeo? – a lo que me respondió afirmativamente. Entonces le dije que no buscaba a nadie, que quería practicar boxeo y que no tenía ni idea de que en Alicante hubiera gimnasios dedicados a enseñarlo.

El anciano señor se sonrió pícaramente y se presentó como Pepe Hernandezel Zurdo de Elche – dijo orgulloso. Era el dueño de aquel gimnasio que parecía sacado de los años 20 y además era el entrenador. Campeón de España varia veces en su época y subcampeón de Europa habiendo sigo derrotado solo por el gran Dulio Loi, el italiano campeón de Europa, en un controvertido combate hace más de medio siglo.

Aquél hombre me preguntó riéndose – ¿Quieres ser boxeador? Jajaja, pues nada, este es el sitio apropiado, puedes venir cuando quieras – y le dije, – no se preocupe, esta misma tarde empiezo. Y así lo hice, en cuanto terminé de trabajar me puse en modo gimnasio y me dirigí a aquél curioso lugar. Me sentía boxeador porque iba a empezar a practicarlo en serio por primera vez en mi vida.

Recuerdo la entrada al gimnasio aquel día por la tarde, el olor a sudor y humedad mezclado con el olor al cuero de los guantes y los sacos (esa sensación solo la conocen los que la han experimentado y ya te acompaña para siempre). Habría unos 8 boxeadores sin parar de dar golpes a los sacos y a los punchings de la sala. Fuera, en una especie de patio de luces del antiguo edificio, sobre un ring casero, otros 2 púgiles haciendo combate de entrenamiento (en el argot se dice “hacer guantes”). Apoyado en las cuerdas estaba Pepe, el anciano campeón, que me saludó con su eterna sonrisa pícara y me dijo – hombre, has venido, pensé que no lo harías, entra al vestuario a cambiarte y empezamos -.

Era increíble, ni siquiera me había dado tiempo a pensar si aquello iba a ser bueno, o malo o regular, en unas pocas horas mi vida había cambiado y casi sin darme cuenta estaba cumpliendo un sueño que nunca pensé que se podría hacer realidad. Aquel sueño se convirtió en mi estilo de vida. Vivía para entrenar, trabajaba para entrenar, entrenaba todos los días dos veces. Por las mañanas alternaba las pesas con el footing y por las tardes acudía al club de boxeo un par de horas. Así meses y meses. Me sentía boxeador porque estaba entrenando duro en un gimnasio solo de boxeo.

Un día el entrenador me dijo – Oye, Javier, el mes que viene hay una velada de boxeo en Castellón, me falta alguien de tu peso ¿Quieres competir? Solo tienes que federarte y a debutar -. Recuerdo un sudor frío que me recorrió en unos segundos el cuerpo, dije un SI rotundo a pesar del miedo terrorífico que me daba solo de pensarlo, pero era una cuestión de necesidad, algo en mi interior me decía que necesitaba hacerlo, ponerme a prueba, experimentar esa aventura. En ese momento no pensé nada más, ni las consecuencias, ni lo que podría suponer enfrentarme a alguien sin tener ni idea de si su intención iba a ser matarme o hacer un combate limpio. Todo aquello lo pensé por la noche, reflexionando si me había vuelto loco o iba a ser positivo. Al final hice lo que he hecho siempre en mi vida, seguir lo que mi corazón me decía y no dar marcha atrás. Me sentía boxeador porque iba a federarme y a hacer mi primer combate oficial fuera del gimnasio.

Las semanas hasta mi debut pasaron volando, me preparé todo lo que pude, entrené más fuerte que nunca, necesitaba estar preparado para lo que pudiera pasar, y pedía hacer combate de entrenamiento todos los días con la gente del gimnasio para simular y visualizar lo que sería el combate real. Esto último y el hecho de entrenar dos veces al día no le gustaba mucho al entrenador, decía que no quería que me quemase, pero era una necesidad, vivía para aquello y tenía la responsabilidad de arrasar en mi debut.

Llegó el día del combate, suerte que iba pasado de peso por la animalada de comidas que hacía para entrenar, porque sólo en el viaje, consumido por los nervios, perdí varios kilos y casi me quedo eliminado por estar por debajo del peso de mi categoría. Llegamos al pabellón de deportes de Castellón y al ver un ring de verdad en el que horas después estaría yo, sentí algo que no olvidaré nunca, una mezcla de emoción y pánico que me hacía pensar que tenía que decidir entre seguir adelante o escapar corriendo de allí. No puedo negarlo, me daba pavor. Ese miedo todavía se incrementó cuando vi a mi adversario por primera vez, había intentado visualizarlo varias veces y siempre lo hacía imaginándole inferior a mi, como si el cerebro activase métodos de autodefensa para no rendirte antes de tiempo, pero la verdad es que no solo no era inferior sin no que era bastante superior. Él estaba en el límite máximo de peso de la categoría, por tanto era más grande que yo, una cara de mala leche que me dejó frío, y encima no era debutante. Pero no podía fallar a mi entrenador ni a mis amigos que me apoyaban en aquella locura, ni a mis propias emociones, así que tragué saliva y empecé a visualizar el combate dándolo todo con aquel animal. Es curioso pero en aquél momento no me sentía boxeador porque pensé que un boxeador no debería tener miedo y yo lo tenía (y lo tuve en absolutamente todos los combates que tuve después).

Llegó la hora, las luces se encendieron, yo salía en el primer combate, hicieron las presentaciones oportunas y entonces pasó algo que me cambió la vida, mi entrenador me puso sus manos en mis hombros y me dijo mirándome a los ojos con su sonrisa pícara y anciana – Javier, tu querías aprender boxeo, pues A BOXEAR SE APRENDE BOXEANDO, sube ahí y no dejes pensar a tu adversario –

Se me ponen los pelos de punta solo de recordarlo. Le hice caso, subí al ring y todo cambió. En ese momento desapareció el público, las luces, los pensamientos, los miedos. Solo veía a mi rival y solo escuchaba la voz de mi entrenador. Fueron 3 asaltos de 3 minutos, intensos, interminables, en los que hice lo que me dijo Pepe, no dejé pensar a mi rival. Si, él era más fuerte que yo y tenía más experiencia, pero yo tenía hambre de ganar y era más rápido. Puse en práctica todo lo que había aprendido estos meses y no paré de darle vueltas y de soltarle izquierdas (jab) y derechazos terribles directos a la nariz a la vez que esquivaba casi todos sus golpes. El ring era mío y lo único en lo que yo pensaba era en ganar. Y gané!!! Al acabar el combate el arbitro y los jueces dictaron veredicto y me dieron vencedor a los puntos. Entonces sin pensarlo, le di un abrazo a mi rival y solo tuve ganas de llorar de emoción. Después fui a mi esquina y le di un abrazo a mi entrenador que me dijo – enhorabuena, ahora empezarás a aprender -. Me sentí boxeador porque ya había boxeado, lo que entonces no sabía era que aquello no había hecho más que empezar y que me quedaba mucho camino y sufrimiento por delante.

Lo que viene después es muy largo de contar. Más de 10 años federado y compitiendo, muchos combates los gané, otros muchos los perdí, la mayoría los hacía en gimnasios, otros eran oficiales, no podía parar. Me llevé inevitables lesiones, nariz rota, ojos morados pero también muchas satisfacciones personales, aprendizaje de valores y grandes amigos encontrados por el camino. Conseguí ser subcampeón de la Comunidad Valenciana y quedé en cuartos de final en el Campeonato de España en el año 96 en Santander. Y en el año 98 dejé la competición para centrarme en mi carrera profesional.

Después, mis combates han sido en proyectos empresariales y todo me recuerda a mi vida en el gimnasio. Cada proyecto, cada salto al vacío dejando una empresa como asalariado para independizarme, cada reunión con proveedores, clientes, socios, equipo o inversores, cada presentación pública o cada decisión importante en la empresa, son como el preliminar de un combate.

El emprendedor como un deportista de competición, actúa por instinto, por pasión, por metas, por algo que no se puede explicar y que le hace estar por encima de sus miedos y de sus fracasos.

El emprendedor tiene hambre, mucha hambre, no se rinde ante nada aunque tenga miedo y es tremendamente competitivo.

El emprendedor pelea diariamente con su entorno, con su competencia, con los mercados y entrena constantemente y se prepara, leyendo, estudiando, observando, probando, experimentando y creando equipo y alianzas.

El emprendedor no duerme, sueña. No piensa, ejecuta.

El miedo le hará estar alerta, el fracaso le hará aprender, el éxito le motiva por encima de todo.

No hay emprendedor si no hay emprendimiento, si no hay riesgo, si no hay aventura.

Emprender no es una meta, es un camino y hay que diafrutarlo intensamente.

Emprender NO MOLA, ni es una moda, es un estado interior, es una actitud ante la vida, es una responsabilidad, es una incertidumbre, es un cambio y una exposición constante al riesgo y al fracaso, al halago y a crítica. Eso si, es emocionante.

A emprender solo se aprende de una manera, EMPRENDIENDO.

¿Eres emprendedor?

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28 comentarios en “A emprender se aprende emprendiendo”

  1. Que relato tan inspirador, me parece que escribes espectacular y ademas me sintonizo mucho con las cosas que dices.Sería muy agradable tener la oportunidad de charlar algun dia.
    Yo estoy en Australia estudiando pero siempre he tenido la necesidad de emprender, tengo 22 anos y un ano atrás empecé mi propia empresa, ha sido el ano mas duro de mi vida pero también ha sido en el que mas cosas he aprendido.

  2. Pingback: ¿El carácter competitivo es bueno para el emprendedor? Javier Echaleku – Pasión ecommerce – Kuombo.com