El futuro no existe

El futuro, algo que solo habita en nuestros deseos y que condiciona nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro presente. Dibujando, a veces sin desearlo, nuestro propio pasado. Creando, a veces sin pretenderlo, sentimientos de frustración y hastío cuando el presente que vivimos se aleja del futuro que soñábamos.

El futuro, ese fin incierto, aunque deseado, que intentamos alcanzar diseñando un camino por el que no siempre gozamos caminando. Esa meta con la que esperamos disfrutar al llegar a ella, a pesar de haber descuidado los pasos dados hasta alcanzarla.

Pasa en los negocios y en la vida en general. Nos hacemos una visión idealizada de cómo queremos que sea nuestra empresa, nuestra jubilación, nuestro puesto de trabajo, pero también nos creamos una imagen de cómo queremos que sea nuestro entorno familiar, de amigos y de hogar.

Nos han enseñado y programado desde pequeños a buscar el futuro, a luchar por él, a crear nuestro propio destino, pero nadie nos ha enseñado a disfrutar del camino, del momento, del instante que pasa y no regresa.

Y cuando te das cuenta de que aquello que buscabas nunca llega, ya que unas veces es peor de lo que deseabas y otras mejor de lo que esperabas, entiendes que el futuro no existe y no se puede diseñar.

Y cuando además has dejado de hacer cosas por el camino y has grabado un pasado con carencias, de momentos perdidos, de instantes no vividos porque no era lo que tocaba en un momento dado, o no formaba parte del plan, echas de menos no haber estado ahí y te arrepientes de haber pensado en “lo que debería de ser” en lugar de haberte centrado en “lo que era en ese instante“.

Le pasa al emprendedor que solo cree en su idea y pierde oportunidades confiando en que alcanzará su meta, cueste lo que cueste, en lugar de adaptarse en cada momento según lo que va viviendo y aprendiendo.

Le pasa a la pareja que lucha por una vida futura y se olvida de vivirla en el presente en lugar de exprimir al máximo cada instante, cada momento mágico, cada pequeña brasa que vuelva a encender la hoguera.

Le pasa a los padres que imaginan la vida de sus hijos como les hubiera gustado vivirla a ellos en lugar de ayudarles a disfrutar cada aprendizaje, cada vivencia, cada descubrimiento que forjará su personalidad y sus valores.

Estamos condicionados por el reloj, por el calendario, por las agendas. Diseñados para buscar la felicidad sin ser felices. Obsesionados por tener una vida sin vivirla.

Hasta que entiendes que el futuro no existe. Solo es un sueño, un deseo, una declaración de intenciones. Y entonces decides que prefieres dejar un poco de lado la racionalidad y llenar tu presente de emociones, de intensidad, de pasión y de acciones que graben tu pasado.

Y si deseas besar, besas. Si deseas acariciar, acaricias. Si deseas abrazar, abrazas. Si deseas ayudar, ayudas. Si deseas escribir, escribes (aunque sea como estoy haciendo yo ahora, en el coche, parado en la puerta de mi casa, porque era cuando me ha surgido la inspiración).

Y si deseas iniciar un negocio lo inicias sin más pretensión que disfrutar creando algo. Y si deseas impulsar la empresa que has creado, lo haces sin más, disfrutando de crecer y haciendo que tu entorno disfrute también con ello.

Y también si deseas decir que no, lo haces y punto. Porque no es lo que quieres en ese momento. Y te ahorras escribir una página de tu vida con algo que no deseas para cambiarla por algo que realmente te llena.

Es el “hoy” lo que importa, lo que define el incierto mañana. Porque el futuro se escribe en tiempo real con lo que haces a cada instante.

Y el mejor momento de vivir el presente es cuando tu futuro es incierto y ha desaparecido. Cuando has perdido lo que nunca tuviste. Cuando todavía estás a tiempo de entregarte a lo que merece la pena y recuperar el tiempo perdido con la gente que amas o valoras y haciendo las cosas que deseas para ti y para los tuyos.

El futuro no existe. Vive intensamente el presente y tu pasado será bello.

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